Los padres dejaron de prestar la atención debida a la vida escolar de sus hijos, y casi nadie pensó que eso fuera un problema.
- En pocos años, desapareció casi por completo la capacidad de esfuerzo lectivo. La causa: la degradación sistemática a que se vieron sometidas palabras como abnegación, superación o empeño. Y el contento fue generalizado: «¡Vida lectiva
sexuallibre! ¡Imaginación al pupitre, libros a la hoguera!» - A los profesores (y a los padres) se les retiró, voluntaria o involuntariamente, buena parte de su autoridad, se relativizó su papel de maestro o tutor y los niños no dudaron un momento en ascender por las escalinatas que veían ahora francas. Les costó poco, eran escaleras mecánicas. Como pocos fueron los que se alarmaron.
- A consecuencia de lo anterior, se invirtieron los papeles y los profesores pasaron a ser los malos del drama o, cuando menos, los sospechosos. Ante un pleito cualquiera, el profesor era de entrada el culpable. Nadie prestó atención.
- A la crónica falta de titulaciones adecuadas para ejercer la profesión docente en secundaria se unió la falta casi generalizada de auténticas vocaciones, principalmente en secundaria, pero también en primaria. La profesión se convertía en una más de las muchas «salidas» en la función pública. Un examen y listos para vivir «con calidad de vida». Y a nadie alarmó un pragmatismo tan contrario al código deontológico.
- El desinterés, la desmotivación, la falta de atención y, lo que es peor, la incapacidad de prestar atención en clase se extendieron hasta unos extremos que resultan difíciles de creer. Y no se sabe si esto último es una disculpa o un estúpido pecado. Pero, de nuevo, miramos a otro lado. A nuestro próximo viaje a Estambul, por ejemplo.
- La primera y más importante de las leyes educativas aprobadas hasta ahora trataba de erradicar las repeticiones de cursos y planteaba la promoción automática. Las repeticiones, que se suponían dañinas para el entorno social del alumno, pasaron a convertirse en esporádicas, y las aulas empezaron a llenarse de chavales con un nivel lectivo muy inferior al supuesto. A nadie le importó.
- Todas las leyes educativas de la LOGSE en adelante pasaron a convertirse en un ariete con el que se trataba de vencer al adversario en la arena política. Se planteaban temas muy diversos, desde los más profundos a los más estúpidos, con el único afán de vencer al contrario. Nadie pensó en la educación de los chavales. Casi nadie lloró.
- Consecuencia de las muy bien estudiadas políticas educativas nacionalistas, se hicieron mil y una tropelías con el fin de adaptar los contenidos de las asignaturas en «satisfactoriamente aptos» desde el punto de vista nacionalista. Hasta en asignaturas tan aparentemente neutras como Tecnología llegó el cáncer. Y casi todos se sintieron satisfechos, pensando que era un adelanto: «¡Y a mi hijo qué le importan los afluentes del Ebro, con lo bonito y reluciente que es el Guadiamar de mi pueblo!» ¡Oh!
- El idioma común es uno de los pocos tesoros culturales de los que quizá podemos sentirnos orgullosos. Es bien sabido que anda maltrecho de un tiempo a esta parte por muy diversos motivos, siendo uno de ellos la desidia generalizada que lo ha dejado en manos de la bien pertrechada infantería periodística, dispuesta a destrozarlo casi por completo. Pero, además, fue colocado en las aulas en una posición claramente secundaria respecto a otras lenguas, de modo que dejó de ser la lengua vehicular para millones de niños. Lo primero no importó a nadie; lo segundo alegró enormemente a muchos y provocó tímidas y dispersas protestas en unos cuantos.
- Con la arribada masiva y en tropel, como suele suceder casi todo en esta tierra, de millones de inmigrantes, nadie pensó que, aparte de a trabajar, venían a vivir. Miles y miles de niños y adolescentes con competencias educativas dispares, desde analfabetos hasta desconocedores absolutos del idioma de acogida, se incorporaron a las aulas siguiendo el principio bien marcado en la ley: «Cada uno se instale en el curso acorde a su edad», no a su nivel educativo. Como no podía ser menos, el nivel medio bajó, y más de lo que se piensa. Pero casi nadie prestó atención.
- Una hora de semana lectiva, planteada por una ley nonata, en una asignatura frustrada, Sociedad, Cultura y Religión, fue en su día causa de la movilización de cientos de miles de personas. Al mismo tiempo, y de modo recurrente, una hora lectiva semanal en la asignatura de Religión (que no Catecismo) se convierte igualmente de forma periódica en cuestión de vida o muerte escolar para una multitud de personas. Los que no ven nada grave ni preocupante en el párrafo 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11 ni en otros que seguro pueden añadirse, sí lo ven, sin embargo, en esa dichosa hora lectiva a la semana de una asignatura que se desconoce, pero cuya palabra se odia.
jueves, 12 de febrero de 2009
La oveja negra
jueves, 15 de enero de 2009
Oriente
Son pequeños y de pelo negro, delgados y sin aristas. Desde fuera, da la impresión de que viven para trabajar, en lo que se parecen a algunos autóctonos. Pero sus horarios son bestiales, diez, doce, catorce horas ininterrumpidas. Además, no tienen aparentes distracciones (en realidad, sí las tienen, pero son secretas y también pequeñas).
No sabemos qué piensan, pero nos atienden sin rechistar. ¿Que tenemos un apretón de cerveza y nos hemos quedado sin ella? Nos bajamos al Ch. de la esquina; ¿Que se acabó el colacao y sentimos una necesidad imperiosa de zamparnos esa madalena? Pues al Ch.; ¿Que no tenemos pan un domingo por la tarde? Lo mismo. Ellos están allí, siempre, en condiciones ambientales con frecuencia penosas, pegados a su microTV, o a su portátil, visitando quién sabe qué blogs. Están allí para atender nuestras muy respetables incontinencias; son una especie de franquicia 7Eleven que se ha extendido como el nitrógeno y tiende a ocupar cada vez más nichos mercantiles.
No sabemos qué piensan, pero nos atienden sin rechistar. ¿Que tenemos un apretón de cerveza y nos hemos quedado sin ella? Nos bajamos al Ch. de la esquina; ¿Que se acabó el colacao y sentimos una necesidad imperiosa de zamparnos esa madalena? Pues al Ch.; ¿Que no tenemos pan un domingo por la tarde? Lo mismo. Ellos están allí, siempre, en condiciones ambientales con frecuencia penosas, pegados a su microTV, o a su portátil, visitando quién sabe qué blogs. Están allí para atender nuestras muy respetables incontinencias; son una especie de franquicia 7Eleven que se ha extendido como el nitrógeno y tiende a ocupar cada vez más nichos mercantiles.
II
He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhausser. He visto niños de menos de diez años atendiendo en una tienda Ch., un martes, un domingo, a la una, a las nueve... He visto niños de menos de once años transportando mercancía en una bicicleta, de unos almacenes a una tienda Ch. He visto bebés de menos de un año viviendo sus primeros meses de vida en una tienda Ch... He visto jóvenes soñadores que marchan a Zimbabwe a combatir las injusticias del mundo.
lunes, 29 de diciembre de 2008
Y, sin embargo...

A principios del siglo XVII, Galileo Galilei se encuentra envuelto en un largo y engorroso proceso del que solo consigue librarse declarando en contra de las leyes de la naturaleza. Sin embargo, Ío y Ganímedes se movían, y lo siguen haciendo, alrededor de Júpiter; la Luna, alrededor de la Tierra, y esta, junto con otros muchos, alrededor del Sol. A la gravitación universal no parecen importarle las cuitas de los habitantes de aquí abajo.
A comienzos del siglo XXI, los cuatro poderes (los tres consabidos más el mediático) tratan de convencer a la sociedad de que la clave de la solución al terrorismo etarra pasa ineludiblemente por una declaración de su brazo político en contra de los atentados. Sin embargo, los niños vascos siguen aprendiendo las directrices nacionalistas en sus ikastolas; los jóvenes vascos siguen percibiendo cuantiosas ayudas y subvenciones para mil y una actividades «culturales»; las instancias educativas siguen actuando en dirección centrífuga y muy bien planificada; la «normalización» lingüística prosigue con su tendencia arrolladora, y, por un proceso imparable que recuerda por su constancia e imbatibilidad a la ley gravitatoria, van cediéndose una tras otra las pocas atribuciones que aún conserva el Estado.
De nada le sirvió a don Bernardo (en la foto mostrando su incredulidad al espabilado astrónomo) obligar al Sr. Galilei a declarar en contra de las leyes planetarias. Como de nada sirve tratar de forzar unas declaraciones que resultarían por completo inertes, inútiles, ineficaces. Las leyes impepinables de la fragmentación del Estado español llevan en marcha muchos años ya y nada puede detenerlas, como tampoco puede detenerse el movimiento de la Tierra alrededor del Sol.
jueves, 11 de diciembre de 2008
Precipicio
Inmediatamente me acerco a la obra y le digo al encargado que no deben trabajar así los obreros, que hay que ponerse arnés. Me mira sorprendido con cara burlona y me dice: «¡Anda, chaval, no me toques los cojones y vete a tu oficinita.» Cabizbajo y compungido, me dirigo a la comisaría de policía municipal de Carabanchel, denuncio el caso pero apenas me escuchan. Están hablando de un tal Bernardo, un tipo rubio alemán que sale en todos los periódicos. Un becario me dice que tengo derecho a presentar una denuncia, para lo que debo rellenar no sé qué papeles y... me largo. Me dirijo sin más dilación al Congreso, pillo a Soraya de casualidad y le cuento el caso: «¡Ciudadano, está usted en lo cierto, convengamos en que ZP es un sinvergüenza!» Bueno, yo no quería decir exactamente eso... me acerco a la viceministra Fernández, le repito la historia: «La presidenta Aguirre es la causante de todas esas muertes, no me cabe la menor duda.» ¡Pero si esto es del municipio!, pienso yo... Me acerco a Durán, que parece razonable: «¡Esto en Catalunya no pasa, ¿eh? Sois un poco tercermundistes, ¿eh?»
Me vuelvo al barrio. Me cruzo con Antonio, un medio alcohólico que fue albañil en su juventud. «Mira chaval, siempre hemos trabajado sin arnés y no hay que armar tanto revuelo. Eso son los periodistas, que a veces tienen que sacar noticias.» Yo ni siquiera me he planteado acudir al cuarto poder, perdida por completo la poca confianza que tenía en él. Aunque quizá en el ABC... No, acepto la invitación de Antonio y me tomo dos Sol y sombra de rechupete. Hoy voy a trabajar de lo lindo.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Al atardecer...
Pero ella se escapa como una corza y se escabulle tras el horizonte. Por eso no es fácil verla, a menos que subáis a una azotea, una colina, un cimborrio o un pináculo.
viernes, 14 de noviembre de 2008
Taboulé

Ingrediente A. El cous cous. Hervid agua y echadla sobre los granos de trigo machacados en proporción de un vasito y medio por cada vasito de cous cous.
Ingredientes B. Tomate, cebolla, pimiento, aceitunas negras, pepinillos (o pepino) y unas pasitas, por ejemplo.
Ingrediente único. La masa grasa: preferiblemente aceite de oliva del bueno.
Ingredientes C. Un buen chorro de limón, una porción de perejil bien picado, unas hojitas picadas de hierba buena, pimienta y sal a gusto del consumidor; como nota autóctona, recomiendo utilizar una especia árabe que venden en algunos supermercados. En su ausencia, valen unos cominos molidos.
1. Trocea y mezcla con paciencia y tino los ingredientes B. Mézclalos con la mitad del ingrediente único. Añade algo de sal.
2. Mezcla los ingredientes C y añade la otra mitad del ingrediente único.
3. Vierte esta última mezcla sobre el cous cous una vez que este ha absorbido el agua y se ha templado.
4. Combina la ensalada preparada a partir de los ingredientes B con lo anterior. Mezcla bien todo.
5. Si lo dejas reposar unas horas el sabor de los ingredientes se hace envolvente y se cierra sobre sí mismo. En tales circunstancias, el taboulé puede resultar incluso impactante.
¿Proporciones? Las que os den vuestras buenas entendederas. Ya sabéis que para preparar un arroz a trescientos soldados no tenéis que medir trescientos platos de arroz, ¿verdad? Si no lo sabíais, andaos con cuidado.
Se come con las manos, que para algo hemos estudiado.
miércoles, 11 de junio de 2008
Fuera de aquí
Tengo la impresión de que, para muchas personas, la Red, la gran Telaraña mundial, lo es casi todo. «Lo que no se publica, lo que no se ve a través del navegador, no existe», parece ser la nueva filosofía. Pero, claro, eso ni es filosofía ni es nada. Es baratura.
Para mí la Red es un tejido basto y sin demasiados matices. Los colores son más bien apagados, tirando a digitales. Hay inflorescencias, sí, pero todas quedan entre el cero y el uno, y no acaban de convencer. Existen intentos muy loables y tiernos de mostrar al prójimo nuestro hígado, corazón o testículos fileteados, pero no acaba de ser igual que en una pescadería. Existen aproximaciones nada desdeñables al conocimiento, pero llevo ya diez monitores estropeados al golpearlos con el dedo índice tras leer una cita brillante o enojosa, algo que no pasa con la pasta de celulosa.
Así pues, reclamo un humilde reconocimiento a los miles y millones de personas que, aún teniendo maravillosas begonias tricolores, unicornios domésticos, racimos de gemelos sonrientes, pequeñitos y con pecas, docenas de ideas estupendas y perfiles nunca vistos en pantalla, viven apaciblemente en su mundo no electrónico; personas rodeadas de cables pero que no se meten por ellos como hacemos algunos; congéneres hermosos y más que interesantes que nunca pondrán un comentario en ningún diario cibernético. Porque hay algo más allá, que no se puede ponderar al estar en otra dimensión. Fuera de aquí.
Para mí la Red es un tejido basto y sin demasiados matices. Los colores son más bien apagados, tirando a digitales. Hay inflorescencias, sí, pero todas quedan entre el cero y el uno, y no acaban de convencer. Existen intentos muy loables y tiernos de mostrar al prójimo nuestro hígado, corazón o testículos fileteados, pero no acaba de ser igual que en una pescadería. Existen aproximaciones nada desdeñables al conocimiento, pero llevo ya diez monitores estropeados al golpearlos con el dedo índice tras leer una cita brillante o enojosa, algo que no pasa con la pasta de celulosa.
Así pues, reclamo un humilde reconocimiento a los miles y millones de personas que, aún teniendo maravillosas begonias tricolores, unicornios domésticos, racimos de gemelos sonrientes, pequeñitos y con pecas, docenas de ideas estupendas y perfiles nunca vistos en pantalla, viven apaciblemente en su mundo no electrónico; personas rodeadas de cables pero que no se meten por ellos como hacemos algunos; congéneres hermosos y más que interesantes que nunca pondrán un comentario en ningún diario cibernético. Porque hay algo más allá, que no se puede ponderar al estar en otra dimensión. Fuera de aquí.
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