miércoles, 20 de junio de 2012

Breviarios III. Elogio de la velocidad


Mi amigo Julián prepara unas deliciosas tortillas de patata en un tiempo sorprendente: 20 minutos. Lo que para la mayor parte de los mortales es algo imposible, a él le resulta sencillo como respirar. Elige sin mirar el mejor cuchillo, trocea la cebolla, la pone a freír, pela y parte la patata y la pone a freír; acto seguido, bate los huevos. Un par de chistes o de canciones breves antes de sacar la patata de la sartén, la deja enfriar un poco, la mezcla con el huevo, de nuevo a la sartén y en menos que canta un gallo tenemos la tortilla en el plato... ¡mmmh, deliciosa!

No hay vuelta de hoja: Julián es capaz de hacer riquísimas tortillas a un ritmo inalcanzable para los demás. Yo lo acepto de buen ánimo, incluso me resulta atractivo. Sin embargo, Federico, un antiguo amigo del instituto, se pone muy denso ante este despliegue de medios: que si la tortilla así no sale bien, que si hay truco, que si es imposible, que si tanta velocidad no puede ser buena, que si no deberíamos permitir hacer tortillas a Julián, etc.

Abundan los Federicos resentidos y envidiosillos, incapaces de reconocer las aptitudes de los demás en este aspecto tan fácil de cuantificar como es la velocidad. La velocidad no solo es importante para los deportistas; en muchos trabajos ─y en la vida en general─ marca la diferencia entre las personas que son capaces de hacer tres tareas en un minuto y aquellas que apenas hacen una tarea en tres minutos. Considerar la velocidad un factor clave en todos los trabajos es de cretinos; pretender que no tiene la menor importancia y que no debemos esforzarnos lo más mínimo para mejorarla resulta ridículo. Y, además, desesperante. Para constatarlo, basta con que nos pasemos por una oficina de Correos a recoger un paquete certificado.

El consejo sería: «En la medida de tus posibilidades, busca y apuesta por aquellas tareas que te gustan, te resultan gratificantes y eres capaz de hacer eficazmente.»

miércoles, 13 de junio de 2012

Breviarios II. Multifaceta

En algo se parece la crisis a un diamante: en sus múltiples caras. Pienso que son varias las perspectivas desde las que se puede analizar este y otros muchos asuntos, y veo a las distintas personas y grupos de personas alrededor de la piedra angular, pero en posiciones fijas, si acaso articuladas, pero fijas. No se puede entender este ni otros muchos asuntos si solo atendemos a uno o dos de los factores o perspectivas del mismo.
Factores que se me ocurren son: burbuja inmobiliaria, malos hábitos financieros, hábitos financieros muy perversos, crisis de deuda permacreciente (nadie pensó que eso fuera un problema hasta hace bien poco), deslocalización del tejido industrial en Occidente (se dice pronto), abaratamiento imparable del transporte marítimo de mercancías (que beneficia a unos y perjudica a otros), agotamiento relativo y absoluto de recursos materiales y energéticos (en particular, del petróleo, con precios en alza continuada), modelos de estado esclerotizados y muy ineficientes (en particular, crisis del modelo de empleo público masivo al estilo franquista o peronista)...

Podemos indignarnos hasta la exasperación y la violencia contra los análisis que hacen los demás desde sus posiciones (fijas o articuladas) cuando no cuadran con nuestros propios análisis; pero incluso ellos, los peores, los más malos, tienen también su parte de razón (mucha en algunas cosas, poca o nada en otras). Podemos desgañitarnos tratando de explicar lo que es un diamante atendiendo únicamente a una de sus caras, pero nuestro juicio será inevitablemente parcial, torticero, escaso y corto de miras.

domingo, 3 de junio de 2012

Breviarios I. Sangre sí, cultura no


Los vivarachos gitanos llenan de porquería cualquier lugar en el que descansan a merendar, cenar o tomar un refrigerio. No son los únicos, pero ellos lo hacen sistemáticamente. La existencia de papeleras les debe resultar tan peregrina, tan exótica como ver volar un rinoceronte sobre sus cabezas. Rechazo con virulencia esta falta absoluta del civismo más básico.

Nada que decir contra su sangre: esta raza pare ejemplares de una pureza estética que en nada envidia a la sangre escandinava, por ejemplo. Pero todo lo estimable de su raza, incluido su talento artístico, se torna en execrable cuando se trata de su encaje en la sociedad donde viven inmersos. Su falta generalizada de civismo, los negocios que hacen con los galgos, su machismo descarado y sin ambajes, son algunas manifestaciones de su cultura que ni entiendo ni justifico.

Nota antropológica: la foto procede del parque de San Isidro hace un año; en este caso, fueron personas de origen andino (peruanos, ecuatorianos...) quienes dejaron el rastro de deshechos tras una de sus gregarias y ruidosas reuniones en el parque. Estaría muy bien que, al tiempo que se relacionan y divierten de manera sencilla y relativamente sana ─capacidad que ha perdido la población autóctona─, tuvieran en cuenta una serie de reglas básicas de comportamiento.

sábado, 14 de abril de 2012

Elefantes


Reniego de los elefantócratas. Reniego de casi todos los defensores de la República en España porque asocian muy erróneamente república con "izquierdas", y esto es un error de base de categoría A+++ especial.

Reniego de muchos de ellos pues, al tiempo que anhelan y luchan a su modo por el advenimiento de una 3.ª República, defienden (veladamente o con entusiasmo) pasados regímenes políticos que no puedo más que rechazar virulentamente. Y los rechazo por su raíz y por sus consecuencias.
  1. Por su raíz, esto es, por ser vástagos del idealismo en su peor sentido, que germinó en el siglo XIX y se materializó de modo extremado en el XX, pariendo regímenes de iluminados que dieron lugar sin excepción al inevitable partido único. Regímenes radicalmente antidemocráticos en los que, sin una sola excepción, un puñado de personas, los jefes de ese partido, tomaban todas y cada una de las decisiones. Y estas decisiones abarcaban la propia política, la administración del Estado, la economía, la educación, la cultura (elemento esencial en cualquier régimen de partido único que se precie), el deporte... en fin, solo quedaba un pequeño resquicio, el de las relaciones personales, que se desenvolvía con muchas dificultades. Para muestra, un botón: La vida de los otros.
  2. Por sus consecuencias: el mayor número de muertes, persecuciones y atrocidades de todo tipo que se dieron en el siglo XX, en todos los países donde dichos sistemas, republicanos a su modo, se instauraron. Y esto es mucho decir, ya se sabe, porque la comparación inevitable es el señor Adolfo con su bigotito, sus SS y sus planes de exterminio. De Corea del Norte a Cuba, pasando por China, la U.R.S.S., los países de Europa del Este (invadidos por Iosif el Terrible), Camboya y otro puñado de países que se embarcaron en esa aventura espantosa que fue el comunismo. El comunismo de la revolución cultural de Mao, del adoctrinamiento brutal y sin contemplaciones, de Pol-Pot, del gulag y los viajes a Siberia, de los tanques recorriendo las calles de Praga, de las pateras cubanas, de tantas y tantas desgracias.
Además, en materia de libertades individuales, de civismo, de funcionamiento relativamente óptimo de la sociedad, se cuentan algunas monarquías europeas con muchos años de indudable y profundo talante democrático, que han sido y siguen siendo ejemplo de libertades para el mundo entero, como los Países Bajos. Es decir, no entiendo ni comparto la doble asociación monarquía/democracia imperfecta y república/democracia perfecta.

 ***

Dicho esto, los varones de la actual familia real española, que por azares más o menos evitables ha dado en ocupar cierto número de palacios y otros inmuebles exclusivos, siguen mostrando una afición por las armas difícilmente entendible y muy poco adecuada a los tiempos que corren, a pesar de su pertinaz e histórica desgracia en dichos asuntos.

Para empezar, no deberían permitir utilizar armas a niños menores de edad que no parecen tener muchas luces, al menos en el manejo de los gatillos y los cartuchos. Quizá esos niños sean en el futuro lumbreras en geometría no euclidiana o en decoración de interiores pero quizá deberían dejar bien guardadas las pistolas y las escopetas, y colgárselas únicamente para ser retratados en algún salón palaciego.

La afición a la caza de los varones borbónicos provoca en muchas personas un profundo y justificado rechazo. En particular, este tipo de cacerías exclusivas resulta por completo fuera de lugar, por varios motivos:
  1. La caza de grandes mamíferos africanos es obsoleta, casposa hasta decir basta, estéticamente muy fea (no hay más que ver la foto, tomada en 2006), de imposible justificación en el mundo que se nos viene, ciega y estúpida, y además recuerda a Tarzán y sus tontadas con los cocodrilos y su bendita madre.
  2. Los elefantes tienen ya bastantes problemas en las pocas áreas del continente africano donde aún pueden vivir en condiciones de semilibertad, para que venga un señor ya entrado en la ancianidad a disparar a algún ejemplar que posiblemente le han colocado certeramente para que no se le escape el tiro y hiera a alguien. Imagino que el rifle será de buenísima calidad. Algo también feo y triste. No vale la excusa de que es un ingreso que revierte en la economía de la zona, porque a todos se nos ocurren maneras más interesantes de gastarse el dineral que debe costar un viajecito de estos.
  3. El señor que acompaña a su majestad es Don Johnson o se parece mucho a él, y esto es lo peor de todo porque nos retrotrae inconscientemente a los años ochenta y sus peinados y a los paseos por las playas de Miami.
Quizá este señor cazaor está buscando una reacción masiva por parte de la sociedad española para ser defenestrado y ceder el trono a su esposa, que parece una persona bastante más sensata y, por lo que tengo entendido, es vegetariana (¿qué pensará de estos eventos cinegéticos?); quizá desea ser desalojado, poder retirarse cómodamente (él y su familia) con una buena excusa y olvidarse así de los problemas futuros, que se adivinan peliagudos.

Si es así, no seré yo quien llore por su marcha. Y bienvenida sea en ese caso una República. Pero llamémosla de nuevo Primera República, pues la 1.ª no paso de la fase de embrión y en la 2.ª reinó por encima de todo y desde el principio una enorme confusión, una exasperación que no condujo a nada bueno y una violencia extrema que velaron las pocas cosas interesantes que hubo tiempo de poner en marcha.

Anhelemos una República de las buenas, donde las personas queden por encima de las ideas, donde primen los valores democráticos, la conciencia cívica, las actitudes positivas, las buenas conductas, la libertad del individuo en su circunstancia social y, por encima de todo, el respeto por el entorno natural y por todos sus habitantes, salvo algunos chupópteros profesionales, ciertos virus sociales y un buen número de perniciosas bacterias políticas que deberíamos exterminar sin contemplaciones. Eso sin olvidarnos del obligado adoctrinamiento musical de las masas populares, este sí al más puro estilo maoísta, con el fin de que de una vez por todas se sepa quién fue y por qué merecen nuestro respeto figuras como Gaspar Sanz, J. S. Bach, Franz Listz, Maurice Ravel, Francis Poulenc y muchos otros, que falta nos hace.

Y hablando de música, una recomendación para el residente esporádico del Palacio de la Zarzuela: la misa para la paz de Karl Jenkins (2000). Basta con disponer de un diván o sillón cómodo y un poco de tiempo para escuchar el coro, que empieza al cabo de un rato:

sábado, 25 de febrero de 2012

A buen tiempo, mala cara

Uno puede entender la afición de las clases trabajadoras por los días secos y soleados. A fin de cuentas, se disfruta más, especialmente con niños, abuelos y gente con poca movilidad. La lluvia lo hace todo más aparatoso, y el frío además lo hace incómodo. Lluvia y frío es una pesadilla que pocas veces se da por estas latitudes.

Estamos hartos de oírlo. Hasta el punto de que ya ni prestamos la más mínima atención. De nuevo un record: 2011, de lo más cálido y seco desde que se tienen registros; enero de 2012, igual de seco pero con un par de olas de frío, suficientes para que se elevaran las mismas plegarias de siempre por el advenimiento del "buen tiempo". ¿Buen tiempo? No, perdonen ustedes: tiempo seco y soleado, que no es lo mismo en absoluto.

Sigo la idea que expone Donald Cardwell en su estupenda Historia de la tecnología (Alianza, 1996): la riqueza de las naciones europeas del centro y del norte está en gran parte basada en la abundancia de recursos hídricos, algo de lo que no podemos presumir por aquí. Como siempre, es imposible (o mejor, infantil) pretender una cosa y la contraria al mismo tiempo. Queremos nieve cuando vamos a esquiar, pero ni hablar de ver un solo copo camino del trabajo; queremos que el campo esté "bonito", pero sin que caiga una gota de lluvia (está permitido que llueva mientras dormimos, según he oído alguna vez); que no falte el agua, pero eso sí, sin molestar, bien guardada en los embalses, sin que se desmande un ápice. Burguesitos finos es lo que somos; burguesitos finos.

Robert Henson, en su acongojante libro The Rough Guide to Climate Change (Rough Guides, 2008), se hace eco de la horrible ola de calor que descargó sobre Europa en 2003, que se llevó la vida de miles de personas. Seguramente ese tórrido verano hizo ver a muchas personas lo que puede llegar a significar un "verano extremadamente caluroso": ni atractivo ni sugerente, sino incómodo, insalubre, especialmente duro para las personas que no tienen medios para protegerse y para muchas especies que comparten planeta con nosotros y que no disponen de grifos, tomas de agua o aparatos de aire acondicionado. Mucha gente llegó a odiar ese tiempo tan seco y caluroso, al que no están acostumbrados. Yo también lo odio, pero me aguanto porque vivo a 40º de latitud norte. Sin embargo, pretender que el sol y el calor campen a sus anchas en enero, en noviembre, en navidades, en febrero, en abril... esto ya es demasiado, es más bien vicio.

Sé de un lugar con un cielo casi siempre limpio de nubes, con un sol que es protagonista absoluto, ya si, sin estorbo de ningún tipo. Un lugar que hace miles de años era una sabana y hoy es un paraje que muy pocos se atreven a habitar. Aunque también allí vive gente, por difícil que parezca. Lo tenemos muy cerca, aunque esa cercanía no parece suficiente para aprender la lección: el cielo y la tierra están íntimamente ligados; es imposible entender el uno sin el otro. Parece que esta lección de Primaria se nos olvidó cuando aprendimos a manejar los grifos, interruptores y botones regulables.

Un poquito de seriedad, señoras, señores. Bienvenidas las lluvias y los fríos boreales, bienvenidas las más recias borrascas de invierno. Los agricultores, los apicultores, los pastores y las gentes montaraces aceptan el frío y la lluvia con alegría y alivio. A fuerza de experiencia han comprendido el funcionamiento de algunos ciclos naturales, y al menos ellos saben que el agua buena viene de arriba, donde no hay tuberías, conducciones ni mangos de ducha, sino nubes, con suerte preñadas del mejor líquido que conozco: el agua.

*** *** ***
Comentario de Mecacholo (7 de marzo, 2012):

Mi querido amigo. Yo he experimentado un cambio sustancial al respecto: cuando vivía en Madrid, odiaba la lluvia a muerte: quería "buen tiempo" siempre, me sentía damnificado por la más mínima precipitación. Ahora, que vivo en un pueblo y la puerta de mi casa da a un camino de tierra, ahora precisamente que es cuando más me afecta en mi día a día el hecho de que el suelo tenga charcos, hielo o nieve, ahora es cuando disfruto de ver llover o nevar. Quizás me ayude a vivirlo así el hecho de que, junto a mi casa, hay una fuente que me cuenta cada día, con el caudal de sus chorros, cómo está el planeta. Y nunca ha estado peor que hoy.
Gracias.


Mecaholo, tus palabras pueden hacer reflexionar a muchos. Te entiendo perfectamente aunque yo vivo en la ciudad y no me toca directamente. El grifo sigue dando agua.

viernes, 24 de febrero de 2012

Tríadas de Döbereiner

Si, pasando los cuarenta
con muchachas lindas, tersas*
quieres jugar al amor,

 has de andarte con mil tientos
pues la senda está repleta
de mil traidores requiebros.

Un paso mal dado y ¡zas!
tus nalgas tocarán suelo
y estático quedarás.

Objeto del peor escarnio,
el íntimo, el personal,
puede que hasta se trastoque
esa capa fina y frágil,
esa gran desconocida
que llamamos dignidad.

*Atención a la diversidad sexual. Esta estrofa ha de sustituirse por la siguiente para el caso femenino:
con muy gallardos donceles

martes, 31 de mayo de 2011

Árboles

Insistimos en la comunicación. Pero partimos de un error de base.

Cuando yo veo un árbol, mi percepción depende de mi sistema neurológico, de la física de mis sentidos, de mis experiencias previas y de mi propia personalidad. Tú ves el mismo árbol que yo, pero no ves lo mismo que yo: el modo en que yo percibo y experimento una textura, un sonido o un color no es en absoluto el mismo que el tuyo; por otro lado, el mismo concepto de árbol varía mucho en función de nuestras experiencias previas: no puede ser lo mismo un árbol para un saharaui que para un suizo; dos hermanos gemelos de idéntico genoma e idéntica educación experimentarán cosas distintas al tocar con sus dedos los pétalos de una gardenia. Por más que ambos empleen el mismo término al decir “árbol”, pensarán en cosas diferentes al utilizarlos.

Si esto sucede con algo tan sencillo, ¿qué no será cuando tratamos de hacer entender a otros el color del mar en aquel fin de semana, la incomodidad que sentimos a hora punta en el metro o las sensaciones que experimentamos en la cama con Luis, con Nuria o con ambos a la vez?

Así pues, la comunicación verbal corriente se presenta problemática. La primera alternativa que se nos ocurre es el lenguaje científico: ese árbol mide 7 m, tiene un diámetro del tronco en la base de 80 cm, etc. No es que esto sea feo, es que no todo es fácilmente cuantificable, ni todo es cuantificable.

De todos modos, aunque el lenguaje científico es una opción muy loable y digna, se utiliza poco, menos de lo que se debiera, incluso en el propio ámbito científico. En ocasiones, su uso nos evitaría quedar envueltos en interminables telarañas de explicaciones, justificaciones y razonamientos, en una espiral de vueltas y revueltas a lo que queremos expresar, sin conseguirlo casi nunca. En este punto, cuantas más palabras, peor.

La otra alternativa parece sorprendente: cuando más nos entendemos es cuando más dejamos de lado nuestras pobres descripciones y decidimos entrar en el terreno de la lírica. Una conversación puede languidecer a causa de los esfuerzos de unos por contar y de otros por tratar de entender, pero en cuanto alguien pasa a hablar de sus sentimientos reales, los ánimos se desperezan automáticamente y las antenas se orientan de inmediato con el fin de no perder detalle ante lo que nos está, ahora sí, llegando claramente. La comunicación, de repente, cobra vida.

Así pues, no hay que tener miedo:

-Detesto tu persona y todo lo que representas.

Es una buena frase, se entiende a la perfección y no hay posibles confusiones.

Te quise.

Aspiré de la brisa que levantaba tu falda…

Yermo y calcinado el camino que ante mí se extendía

Dudé entre el sprint con apnea voluntaria o la retirada silenciosa del terreno de juego.

Morí.

Otro estupendo ejemplo, aunque quizá en exceso dramático.

Así pues, podríamos pensar que los sentimientos son los más dignos de confianza. Pero no, para bien o para mal no es así. No son los sentimientos, son los actos los que deben guiaros para entender a las personas. Podemos recrearnos cuanto queramos en nuestras sensaciones, sentidos y sentimientos. Pero comparado con un hecho, todo eso queda en nada. Esto ya no precisa explicación, es algo meramente intuitivo que todo el mundo entiende.

Ayudarás a tu hermano o a tu amigo cuando se encuentre en un apuro, ¿verdad?

Tratarás bien a tus padres, ¿no?

¿Sacrificarás unas vacaciones para quedarte a ayudar a alguien cercano que lo necesite? Entonces, creo en ti, sin ninguna duda. Y, lo mejor de todo, sin una sola palabra.