lunes, 1 de julio de 2019
jueves, 28 de diciembre de 2017
Movilizaciones y ficciones
Entre los muchos enfoques y perspectivas posibles del asunto, es
reveladora la perspectiva de las movilizaciones.
El nacionalismo catalán lleva movilizado docenas y docenas de
años. Se podría decir que su naturaleza consiste precisamente en estar permanentemente
movilizado, con las banderas, los eslóganes y los panfletos siempre a punto
para salir a la calle. En otras palabras, llevan ejerciendo el proselitismo
activo desde su mismo nacimiento.
Comparado con este nacionalismo, lo que ha venido en llamarse
«nacionalismo español» ha sido hasta hace unas semanas una auténtica birria de
nacionalismo. Sin apenas voluntarios, las banderas parecían sepultadas u
olvidadas, y solo se aireaban fugazmente tras algunos eventos deportivos;
eslóganes había pocos, salvo algunas canciones de Manolo Escobar y vulgaridades
por el estilo; panfletos había aún menos. Y la movilización, lo que se dice
movilización, era inexistente en la práctica.
[Una de las grandes confusiones del período post-dictatorial en
este país consiste en relacionar el «nacionalismo español» con los defensores
del régimen dictatorial; una confusión que ha sido alimentada por un sector
político y una píldora que se ha tragado buena parte de la sociedad. Me parece
tan ridículo que no puedo menos que meter esta idea disparatada entre
corchetes.]
Si queréis una visión de la comparativa entre ambos «espíritus
nacionalistas», imaginad a un cincuentón tirando a derrotado, escurrido, con la
camisa por fuera, mal afeitado y algo ojeroso que pasa en casa la mayor parte
del tiempo. Frente a él, un muñeco de Michelín
que pasa el día entero en la calle. El primero se meterá pronto a casa y
tratará de descansar para lo que le espera al día siguiente; el segundo, en
caso de que pierda algo de aire, será convenientemente inflado para presentarse
como nuevo al día siguiente.
Pues bien, por acontecimientos que no sabría describir cabalmente,
sucede, casi de la noche a la mañana, que este nacionalismo birrioso y
perdedor, saca un poco (solo un poco) de pecho y tiene el atrevimiento de
movilizarse, más bien tímidamente. Esta es una de las cosas que, a mi entender,
han sucedido en los últimos meses.
¿Cuál ha sido la reacción por parte de buena parte de la
población? No ha sido ni el interés, ni la curiosidad, ni en absoluto la
admiración, sino más bien el rechazo, el cabreo o, cuando menos, el estupor.
Pero un estupor con un aire de profunda desconfianza, como diciendo: «¿Y estos
qué cojones quieren ahora?»
La primera tanda de preguntas es:
Entonces, ¿concedemos todos los derechos de movilización a un
sector de la sociedad y se los negamos a otro sector? Si es así, ¿en base a qué
criterio?
Y otra más, relacionada con la primera: ¿Por qué tantas personas
de este país se han dejado «seducir» por banderas foráneas al tiempo que se han
mantenido firmes como clavos en su virulento rechazo a la única que, mal que
bien, representaba o podía representarles a ellos mismos?
[Un número creciente de personas viene afirmando que la única
bandera que puede sensatamente representar a los españoles es la bandera
tricolor, lo cual es un juicio enormemente sectario pues supone conceder una
importancia exagerada a la efímera experiencia republicana; pero además es muy
injusto y dudoso pretender que la mayoría de los habitantes del territorio
prefieren dicho régimen, y se me antoja deshonesta
la táctica bien conocida —muy utilizada precisamente por el nacionalismo— de
construir las «mayorías populares imaginarias» que más convienen en cada
ocasión.
Abierta debe quedar, por supuesto, la posibilidad de cambiar de modelo estatal y de
bandera, pero sin atribuir a priori intenciones a nadie, y
dialogadamente, por favor. Cierre del corchete.]
* * *
A propósito del interesante asunto de las movilizaciones surge el
otro tema del título. Porque, claro, estoy totalmente de acuerdo en que el aire
que insufla al muñeco Michelín
nacionalista es pura ficción, una buena ensalada de fantasías bien adornadas y
bien aderezadas, que no existen más que en la imaginación de las personas que
escoltan dicho muñeco.
Y, claro, no podía ser menos: el espíritu «nacionalista español»,
sea flaco o fuerte, desaliñado o en forma, es otro buen revoltijo de fantasías,
quizá no tan bien adornadas ni aderezadas, pues muchos comensales se empeñan en
estropear el plato, pero una ensalada imaginaria igualmente, que no existe más
que en la cabeza de otras tantas personas.
Porque todas las ideologías nacionalistas son poco más que
estructuras imaginarias sin base real, que funcionan en definitiva como
religiones que los súbditos acatan, casi sin excepciones, de manera sumisa y
diligente.
A pesar de su carácter ficticio, los espíritus nacionalistas
funcionan a pleno gas en casi todos los países del globo. Cuando en algún país
surge alguna discrepancia seria, el resultado es, sin excepción, la
fragmentación en varios territorios que se aferran con mayor fuerza aún a los
recién estrenados emblemas nacionales
homologados. Todos tenemos en mente la fragmentación yugoslava.
No entro a discutir si tal o cual nación es mejor o peor que otra,
si tal o cual país ha hecho cosas mejores o peores para la posteridad. Pero sí
resulta interesante, porque invita a la reflexión, plantear por qué algunas
ficciones nacionalistas resultan tan fuertes frente a otras; por qué el
nacionalismo francés, por poner un ejemplo, parece un monolito sin fisuras si
lo comparamos, por ejemplo, con el español.
Así pues, parece que debe haber algo en la historia de nuestro
país que hace que no funcionen bien
ni sus símbolos nacionales ni la ideología que acompaña a dichos símbolos. ¿Por
qué España es, de nuevo, una anomalía en Europa? ¿Por qué existe ese enorme
complejo frente a nuestra historia, frente a los símbolos del Estado, frente a
todo lo que pueda catalogarse como “español”? Este rechazo llega al punto de
que en muchos ambientes resulta
incómoda, en cualquier conversación, la sola presencia de la palabra «España» o «español/a», que suele tomarse a burla,
para así dar escape a la tensión generada en la frase.
Hace poco, un dirigente del PSOE reconoció que algunas izquierdas
en este país tienen que «tragar saliva» cada vez que mencionan la palabra
España. ¡Ya era hora, coño! Y ya de paso, estaría bien que el PSOE explicara su
posición al respecto, que ha sido muy dudosa desde el comienzo de la
Transición. Aquí surge una nueva pregunta: ¿Por qué ese partido ha jugado esa
baza hasta hace unas pocas semanas?
Volviendo al complejo, que casi nadie reconoce, me vienen a la
mente varias cosas. La leyenda negra es una de ellas. Atribuirle una
importancia desmedida en 2017 quizá es exagerado, pero me parece un
atrevimiento negar que hoy en día sigue estando presente de muy diversas
maneras, sutiles y menos sutiles.
Y también me viene a la mente la historiografía franquista de “pasado
glorioso, laureles y gloria eterna” que tan ridícula resulta hoy en día, pero
que provocó un «efecto rebote» que aún nos está golpeando de lleno. Ahora bien,
ese rebote tampoco nos debe impedir por completo la visión de la historia, con
sus luces y sombras, como todas. Es lamentable el poco interés social que
despierta nuestra historia, pero más penoso aún es contemplar cómo esas enormes
deficiencias se han tratado de suplir únicamente a base de panfletos, imágenes
distorsionadas, exageraciones y bulos, tanto más populares cuanto más oscuritos
y perversos.
Cabe preguntarse si somos un adalid del nuevo modelo de estado o
nación que se avecina en un futuro más o menos próximo, un modelo «superior» y
diferenciado de todo lo que se ha conocido hasta ahora. O si no seremos, una
vez más, una anomalía en el tejido europeo, habitado por unos paisanos
especialistas en buscarse problemas cuando podrían estar mejor que en ningún
otro momento de su ya larga historia.
viernes, 8 de diciembre de 2017
Extracción de recursos
Sistemas de extracción de recursos. Una prueba
más de lo afines que son las distintas especies de mamíferos.
A. Extracción de leche de vaca en una macroinstalación ganadera
propiedad de una corporación alimentaria multinacional. Posteriormente, la
leche se somete a ciertos tratamientos higiénicos, se empaqueta, se distribuye
en todas direcciones y se vende en grandes cantidades.
B. Extracción de información personal de todo tipo que queda automáticamente
almacenada en grandes servidores propiedad de unas pocas corporaciones
tecnológicas multinacionales. Posteriormente, dicha información se somete a
ciertos tratamientos para hacerla más asimilable, se empaqueta y se vende a
otras corporaciones, o bien es empleada por las mismas empresas extractoras,
con el fin de vender objetos y servicios a los usuarios de la fotografía.
Por supuesto, la interpretación B es muy parcial; las actuales TIC
sirven para mucho más que para vender zapatos o fines de semana románticos. Solo
es una perspectiva que puede aportar un poco de luz en la dirección que apuntan
algunos ensayistas como Jaron Lanier.
miércoles, 29 de noviembre de 2017
Viajando
¡Cuándo vais a dejar de moveros de un lado para otro como posesos! ¡Cuándo demonios vais a dejar de quemar carbono aunque sea por un ratito!
domingo, 1 de octubre de 2017
Sangre
Bajo el pulso de esta pelea de gallos (“¡Yo hago esto porque
me sale de los huevos!”; “Pues no lo haces, ¡porque no me sale de los cojones!”;
etc.), de escaso interés pero enorme audiencia, subyace un racimo de emociones
y sentimientos enconados (“Yo soy mucho mejor que tú, ¡dónde va a parar!”; “¡Anda,
cretino ignorante, no sirves para nada, ¡vete a tomar por culo!”, etc.), que
crecen y crecen como la espuma. El pulso es irrelevante —ganará uno, ganará el
otro, ganarán o perderán los dos, da igual—, pero los prejuicios dañinos, las valoraciones
perversas, los odios desatados solo conducen a una cosa: más violencia y más
odio, nacidos en gran parte de la “ignorancia recíproca”. Las heridas físicas
son normalmente fáciles de curar, normalmente basta con aplicar la cura
adecuada y esperar; los desprecios de sangre, al estilo del que sienten los
Heredia hacia los Montoya, solo tienen un arreglo: la generosidad mutua. Pero parece que andamos todos muy tacaños de generosidad.
jueves, 9 de marzo de 2017
Borges y la biblioteca de Babel
En su ensayo La
Biblioteca de Babel (Ficciones,
1941), Borges idea una biblioteca formada por un número enorme de hexágonos. En
cada hexágono, cuatro de los lados están dedicados a albergar libros. En cada
lado hay cinco anaqueles que albergan un número no inconmensurable de
volúmenes, todos idénticos en forma y tamaño. Cada volumen consta de 410
páginas y en cada página hay 40 renglones. Es decir, cada libro tiene un total
de 1640 renglones.
Todos los libros se nutren exclusivamente de las 22 letras
naturales, el punto, la coma y el espacio. Estos caracteres podrían ser, por
poner un ejemplo, los siguientes (entre otras muchas posibilidades):
a b c d e
f g h i j k l m n ñ o p r s t u y . ,
más el espacio vacío.
Cada renglón está compuesto por una combinación cualquiera
de estos 25 caracteres alfabéticos. Puesto que cada renglón consta de 80
caracteres, las posibles combinaciones de los 25 caracteres alfabéticos
agrupados de 80 en 80 son enormes, pero no infinitas. Las reglas de la
combinatoria son claras:
Es decir, en cada renglón hay algo menos de setecientos mil
millones de posibles combinaciones. Barruntemos algunas de ellas:
gocémonos, amado, y
vámonos a ver en la espesura, al monte y al collado, do mana
Se nos cortó el verso de San Juan de la Cruz. Probemos otro:
gocémonos, amada, y
vámonos a ver en la espesura, al monte y al collado, do mana
En esta variante el objeto amoroso es femenino, un bonito
detalle. Otra variante:
gocétoros, amado, y
escolio termi en la espesura, lo monte e lu colmado, to rana
O bien,
imimemimioamimemiiioaiineminioiiimemiaioaaimemimioamimemimioaai.e.i.ioa.i.emimii
En total, setecientos mil millones de combinaciones. Podéis
probar con las que más os gusten.
Un poco más de matemáticas: puesto que en cada libro hay
1640 renglones, el número de combinaciones posibles, es decir, el número de libros que componen la
biblioteca borgiana de Babel es, ni más ni menos…
Este número es tan descomunal que es difícil que encontréis
una calculadora con un resultado distinto de infinito. Pero no es infinito, ni mucho menos.
Aquí se intuye la genialidad del autor: no se trata de algo imposible. La
construcción de la biblioteca sería laboriosa, muy laboriosa, pero en absoluto
imposible.
Lo sorprendente de todo esto es que la susodicha biblioteca
no solo alberga todos los libros, cartas, diarios, ensayos, poemas, etc., que hayan sido escritos en castellano o español, sino en
cualquier otro idioma europeo, americano, asiático, africano o de donde
imaginéis. Cualquier combinación de caracteres que se os ocurra, en el idioma
que sea, real o inventado (ya sea por Tolkien o por cualquier otra persona)
están contempladas en alguno de los volúmenes de la biblioteca de Borges.
Jajajaja… esto es sencillamente desternillante –un poco enloquecedor– y al
mismo tiempo muy estimulante.
(Nota para los muy
puntillosos: si pensáis en un idioma cuya fonética es mucho más rica,
pongamos por caso, que el castellano, no debéis recelar demasiado: bastaría con
insertar unas cuantas páginas al principio de cada libro, una codificación,
donde se especificaran esas posibilidades fonéticas no contempladas. Hay tantas
posibilidades con esos 25 caracteres que en absoluto son necesarios más; pensad
que en informática todo funciona a base de ceros
y unos.)
Borges indaga en el concepto de infinito, aplicado tanto al espacio como al tiempo: imaginad todas
las obras perdidas de Herodoto, de Euclides o de Epicuro, perdidas durante
tantos siglos. Todas ellas están en alguno de los volúmenes de la biblioteca.
Para obras de gran tamaño, como las de Herodoto, quizá necesitemos unos cuantos
volúmenes; pero todo está ahí, en orden y punto por punto. Imaginad a
continuación todas las obras que están por venir, todas esas maravillosas
novelas, ensayos, cartas apasionadas, artículos de prensa, libros de divulgación y de autoayuda,
efímeros o eternos... Todo, simplemente todo, está incluido en la biblioteca.
Las posibilidades son casi
infinitas. Pensad ahora en todas las posibles ediciones facsímiles de
cualquiera obra, presente, pasada o futura, imaginaria o real. En esa copia de tu relato favorito en
que la letra b de la tercera aparición de la palabra cascarrabias se transformó por un error de imprenta, o de otro
tipo, en una p, una t o una h. O en esa versión cutre, barata, que se vendía en
kioscos de barrio pobre, donde desaparecían párrafos enteros, o capítulos
enteros. Todas las versiones posibles, imaginadas y por imaginar, están en la
biblioteca. ¿No es desternillante?
Esta es una manera a un tiempo sencilla y compleja de hacer
transitar la literatura por el campo de la matemática y hasta de la metafísica. (Inciso: me encantaría un vis a vis entre Sheldon Cooper y Jorge
Luis Borges. Creo que el primero se sentiría fascinado por el ensayo del
segundo y seguro que algo aprenderían mutuamente.)
Pero además, Borges plantea el asunto de la “semiótica”. No
contento con las inalcanzables posibilidades que nos plantea la simple
combinatoria, da una vuelta de tuerca y plantea lo arbitrario que es
asignar un determinado sentido a cierta palabra. ¿Por qué «vaca» debe
significar un mamífero cuadrúpedo, y no «ordenador», «escozor» o «cualquiera»?
Acto seguido, nos cuenta que «algunos bibliotecarios sostienen que los libros
nada significan en sí». Esto es supremo, magnífico: Borges, con un par de
agallas, rebate el edificio completo de la literatura (y, más allá, de todo lo
escrito) y plantea su sentido relativo. ¿Por qué ha de tener más sentido un
soneto de Garcilaso que la sucesión repetida, pongamos por caso, de los tres caracteres
r, i y p?
No deja de ser un convencionalismo asignar valor al soneto y
menospreciar el discurso ripripripriprip…
¿Y si este último fuera la clave para entender el universo? ¿Y si fuera el
mantra eterno? Aún si no fuera este último el caso, ¿por qué no asignarle ese
valor? Jajajajaj…
Es absolutamente imperdible la imagen de las personas que,
conscientes de que en algún lugar de la biblioteca hay un libro defendiendo (vindicando) su valía, se entregan a la
quimérica tarea de encontrarlo. Otra imagen: la de aquellos humanos que juegan
a dioses tratando de componer, siguiendo las leyes del azar, el libro canónico, algo tan improbable como lo
anterior.
Aventuro que en Argentina o en otros sitios ya se deben
haber establecido paralelismos entre Internet y la biblioteca de Babel ideada
por Borges. Pero su libro fue escrito en 1941 (¿les suena la fecha?). Borges
conoce «distritos» donde los jóvenes se arrodillan ante los libros y besan con
barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Siento
escalofríos al pensar en esta imagen, porque cabe la posibilidad de que sea,
bien entrado el siglo XXI, más actual que en 1941.
Desde la casi total ignorancia de su obra, me atrevo a decir
que los grandes escritores, los enormes como Borges, son capaces de aprehender
detalles o aspectos del universo entero con cuatro pinceladas, o con un simple
ensayo.
Me encantaría conocer las opiniones que se hayan escrito
sobre este relato. Podéis imaginar que en algún lugar de la biblioteca están
todas ellas. Sería divertido hacer una excursión a la biblioteca con esas
personas, bien pertrechados para tratar de localizar el volumen o volúmenes
donde se encuentran todos ellos ordenados por fecha, desde
1941 hasta el presente. Eso sí, no deberíamos olvidar lo más importante: una
buena dosis de paciencia, ropa casual y calzado cómodo.
viernes, 1 de enero de 2016
Banco Santander-Central Hispano(americano)
Por más que Parménides insista en que la realidad es estática, esféricamente perfecta e inmutable, no puedo dejar de pensar en lo contrario: la realidad se nos presenta dinámica, multifacética, imperfecta e inevitablemente mutable. Continuamente mutable, mutante, mutándose de unas formas en otras.
La realidad no es una, es una multiplicidad de realidades. O, mejor dicho, la realidad se transforma como una enorme lombriz inacabada e inacabable, en una transformación perpetua, con mil y un vericuetos, con cientos de laberintos, enrollada sobre sí misma con quién sabe qué propósitos o finalidades.
"Juanita es muy XXX", o "A Pepito le gustan mucho las YYY", son frases que estamos hartos de escuchar. Son absurdas de principio a fin. Porque Juanita no es la misma ayer de lo que será mañana, y lo mismo le pasa a Pepito. Esas afirmaciones son, más bien, modos o herramientas, burdas, para tratar de aprehender la realidad sobre Juanita y Pepito. Pero ni Juanita ni Pepito son aprehensibles en un par de brochazos, ni mucho menos. Como cualquier otro ser (animado o no), se trata de entes permanentemente cambiantes que no pueden definirse en una frase estática, como la imagen impresa de estas letras en una hoja o una pantalla.
---------------------------
En otro orden de cosas, y siguiendo un razonamiento al estilo de Parménides de Elea, concluyo, hoy, a 1 de enero de 2016, el año de mi cincuentenario, que el futuro de la cultura española es, indubitablemente, la incomunicación entre los seres humanos, al menos entre los que pueblan este pedazo del planeta Tierra: si hace treinta años ya había sociólogos que advertían de la alienación que podía acarrear el excesivo consumo de televisión, hoy el asunto se ha desbocado en tal manera con tal cantidad de medios electromagnéticos de todo calibre, que no cabe duda de que la comunicación ha sido, definitiva y sistemáticamente, eliminada.
¿La razón? En cientos de miles de hogares, recién sonadas las campanadas, recién estrenado el nuevo año, con las bocas anhelando besos, con los brazos anhelando abrazos, con los cuerpos anhelando cuerpos tibios, abiertos al beso y al abrazo, ¿qué tenemos, qué observamos? Observamos androides atentos a los ires y venires de las aplicaciones de teléfonos móviles que, paradojicamente, se anuncian como aplicaciones de comunicación. Pero que, a las claras, no son más que herramientas, contundente y radicalmente, de incomunicación.
-----------------------------
Y en un orden de cosas aún más preocupante, pienso que hay motivos más que suficientes para pensar que el futuro inminente de este pedazo de planeta está, no al borde del precipicio, pero sí a punto de llegar a un cruce de caminos en su historia. Momentos catárticos que, por ahora, nadie sabe descifrar con seguridad, pero que a buen seguro van a suponer una tremenda sacudida para las y los habitantes del país. Y a la primera sacudida quizá le suceda una segunda, e incluso una tercera. Dicen los optimistas, en base al famoso juicio de Bismark, que ha habido momentos tan críticos, e incluso más, y que se ha salido adelante. Pero no puedo dejar de pensar que este es diferente. En un par de años lo veremos.
La realidad no es una, es una multiplicidad de realidades. O, mejor dicho, la realidad se transforma como una enorme lombriz inacabada e inacabable, en una transformación perpetua, con mil y un vericuetos, con cientos de laberintos, enrollada sobre sí misma con quién sabe qué propósitos o finalidades.
"Juanita es muy XXX", o "A Pepito le gustan mucho las YYY", son frases que estamos hartos de escuchar. Son absurdas de principio a fin. Porque Juanita no es la misma ayer de lo que será mañana, y lo mismo le pasa a Pepito. Esas afirmaciones son, más bien, modos o herramientas, burdas, para tratar de aprehender la realidad sobre Juanita y Pepito. Pero ni Juanita ni Pepito son aprehensibles en un par de brochazos, ni mucho menos. Como cualquier otro ser (animado o no), se trata de entes permanentemente cambiantes que no pueden definirse en una frase estática, como la imagen impresa de estas letras en una hoja o una pantalla.
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En otro orden de cosas, y siguiendo un razonamiento al estilo de Parménides de Elea, concluyo, hoy, a 1 de enero de 2016, el año de mi cincuentenario, que el futuro de la cultura española es, indubitablemente, la incomunicación entre los seres humanos, al menos entre los que pueblan este pedazo del planeta Tierra: si hace treinta años ya había sociólogos que advertían de la alienación que podía acarrear el excesivo consumo de televisión, hoy el asunto se ha desbocado en tal manera con tal cantidad de medios electromagnéticos de todo calibre, que no cabe duda de que la comunicación ha sido, definitiva y sistemáticamente, eliminada.
¿La razón? En cientos de miles de hogares, recién sonadas las campanadas, recién estrenado el nuevo año, con las bocas anhelando besos, con los brazos anhelando abrazos, con los cuerpos anhelando cuerpos tibios, abiertos al beso y al abrazo, ¿qué tenemos, qué observamos? Observamos androides atentos a los ires y venires de las aplicaciones de teléfonos móviles que, paradojicamente, se anuncian como aplicaciones de comunicación. Pero que, a las claras, no son más que herramientas, contundente y radicalmente, de incomunicación.
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Y en un orden de cosas aún más preocupante, pienso que hay motivos más que suficientes para pensar que el futuro inminente de este pedazo de planeta está, no al borde del precipicio, pero sí a punto de llegar a un cruce de caminos en su historia. Momentos catárticos que, por ahora, nadie sabe descifrar con seguridad, pero que a buen seguro van a suponer una tremenda sacudida para las y los habitantes del país. Y a la primera sacudida quizá le suceda una segunda, e incluso una tercera. Dicen los optimistas, en base al famoso juicio de Bismark, que ha habido momentos tan críticos, e incluso más, y que se ha salido adelante. Pero no puedo dejar de pensar que este es diferente. En un par de años lo veremos.
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