jueves, 21 de mayo de 2009

Extraños sucesos inexplicables

Las flores de tres pétalos de la tradescantia (amor de hombre) muestran una curiosísima geometría triangular; la rapidez con que brotan los nuevos tallos del jazmín deja atónito a cualquier observador; pero, hasta ahora, nada sorprende tanto como la aparición de unas anómalas hojas en un olmito americano que creció sin pedir permiso en una maceta que no era la suya.

Durante semanas he estado pensando en cortarlo, arrancarlo de la tierra y dejar a las cintas ─antiguas arrendatarias del tiesto─ desarrollarse en plenitud: al fin y al cabo, el futuro de un árbol en un recipiente es incierto y limitado. Pero ante este inesperado brote de exotismo, esta manifestación casi cirquense de extraña belleza, decido conservarlo e, incluso, darle la oportunidad de crecer sin tantas estrecheces. Quién sabe, quizá se convierta en un hito de este discreto jardín.

A todo le veo sentido; pero no me atrevo siquiera a insinuar que todo lo tenga.

jueves, 23 de abril de 2009

To take for granted

Las garantías son estupendas. Nos aseguran un servicio o reparación «por la cara» durante tres, cinco, ocho años. Se aplican a productos adquiridos en un mercado libre.

Procuramos conseguir garantías fuera del ámbito de los electrodomésticos y el mobiliario. Miles de personas consideran como derecho inalienable la garantía de un sueldo, un puesto de trabajo, una seguridad. Pero creo que la vida real no funciona -o no debería funcionar- así. A mi entender, nadie debería garantizar, ni un ministra, ni una princesa, ni siquiera una periodista, los muy diversos «subsidios» que, bajo diversos pelajes, acampan por las diversas Andalucías de la economía española (rentas en forma de sueldos, vacaciones, atención médica excelente y universal, finiquitos extraordinarios, planes de empleo (¡!) rural, subsidios de desempleo, becas, institutos de cultura, ayudas al cine, etcétera, etcétera, etcétera...).

Nadie debería garantizar tantas cosas; si lo hacemos, actuamos como ingenuos consentidos: todas esas pretendidas «garantías» no son derechos o privilegios, son hitos alcanzados con mucho esfuerzo, físico e intelectual, a través de varios siglos.

Pero las palabras son volátiles y de poco sirven. Así que yo me limito a dar las gracias a Edison por su ingenio, esfuerzo y dedicación, y no olvido nunca que, al pulsar el interruptor:
  • La bombilla se enciende (al menos por ahora) gracias a él y a varias generaciones sucesivas de científicos, ingenieros, técnicos, economistas, organizadores e incluso algún que otro político competente, cuyo trabajo acumulado me permite gozar de una delicada música de Schumann mientras escribo estas muy pedantes letras,
  • la bombilla NO se enciende porque me lo garantice este o aquel, y, por último,
  • el hecho de que se encienda la bombilla NO es un derecho inalienable que debo exigir, sino una suerte inmensa, casi un don. Y del mismo modo que mi bisabuelo pudo empezar a disfrutar sus ventajas, puede darse el caso -si falla algún eslabón de la compleja cadena de electrones- de que yo vea su desaparición. Porque no hay nada en mi número de DNI, por más que lo miro y remiro, que me garantice luz eléctrica hasta la muerte.

sábado, 4 de abril de 2009

Sonata "La Primavera" Nº 5 Opus 24


El jazmín me abruma con su explosión de olor; una dulce recompensa a los cuidados dispensados durante meses.

La dimorphoteca me enseña que la esperanza y la paciencia son esenciales para hacer renacer la flor que parecía muerta.

La silene muestra cómo la semilla que no prospera en tiesto propio sí puede hacerlo, y con notorio éxito, en tierra ajena --o extranjera--.

El helecho es un ejemplo de que, a veces, la belleza oculta no tiene más que desenrollarse, si encuentra una sabia mano desenrolladora.

La menta chocolate me sorprende: una tierra aparentemente yerma --tallos, raíces, hojas secas-- se convierte en mata tupida cuando la primavera le toca con su varita mágica.

La yerbaluisa y su fragantísimo y profundo aroma a limón limpio y amarillo no puede menos de maravillar con sus pequeños racimos que han comenzado a brotar de repente, formando pequeñas cataratas.

A la vista de lo poco que aprovecho tanta enseñanza procedente del reino vegetal; al constatar que su sabiduría cala menos en mí que el cálculo integral en el cacumen de Camarón, decido...

...adoptar los humildes consejos del reino animal, supuestamente más evolucionado. Así pues, a partir de ahora me limitaré a tratar de atrapar el sutil aroma de las flores que encuentre a mi paso (un buen comienzo es el ciclamen) y, como estrategia vital de esencial importancia, adoptaré tonos de comando-camuflaje con los que espero sortear peligros y afrontar dificultades con relativo éxito.

jueves, 12 de febrero de 2009

La oveja negra

  1. Los padres dejaron de prestar la atención debida a la vida escolar de sus hijos, y casi nadie pensó que eso fuera un problema.
  2. En pocos años, desapareció casi por completo la capacidad de esfuerzo lectivo. La causa: la degradación sistemática a que se vieron sometidas palabras como abnegación, superación o empeño. Y el contento fue generalizado: «¡Vida lectiva sexual libre! ¡Imaginación al pupitre, libros a la hoguera!»
  3. A los profesores (y a los padres) se les retiró, voluntaria o involuntariamente, buena parte de su autoridad, se relativizó su papel de maestro o tutor y los niños no dudaron un momento en ascender por las escalinatas que veían ahora francas. Les costó poco, eran escaleras mecánicas. Como pocos fueron los que se alarmaron.
  4. A consecuencia de lo anterior, se invirtieron los papeles y los profesores pasaron a ser los malos del drama o, cuando menos, los sospechosos. Ante un pleito cualquiera, el profesor era de entrada el culpable. Nadie prestó atención.
  5. A la crónica falta de titulaciones adecuadas para ejercer la profesión docente en secundaria se unió la falta casi generalizada de auténticas vocaciones, principalmente en secundaria, pero también en primaria. La profesión se convertía en una más de las muchas «salidas» en la función pública. Un examen y listos para vivir «con calidad de vida». Y a nadie alarmó un pragmatismo tan contrario al código deontológico.
  6. El desinterés, la desmotivación, la falta de atención y, lo que es peor, la incapacidad de prestar atención en clase se extendieron hasta unos extremos que resultan difíciles de creer. Y no se sabe si esto último es una disculpa o un estúpido pecado. Pero, de nuevo, miramos a otro lado. A nuestro próximo viaje a Estambul, por ejemplo.
  7. La primera y más importante de las leyes educativas aprobadas hasta ahora trataba de erradicar las repeticiones de cursos y planteaba la promoción automática. Las repeticiones, que se suponían dañinas para el entorno social del alumno, pasaron a convertirse en esporádicas, y las aulas empezaron a llenarse de chavales con un nivel lectivo muy inferior al supuesto. A nadie le importó.
  8. Todas las leyes educativas de la LOGSE en adelante pasaron a convertirse en un ariete con el que se trataba de vencer al adversario en la arena política. Se planteaban temas muy diversos, desde los más profundos a los más estúpidos, con el único afán de vencer al contrario. Nadie pensó en la educación de los chavales. Casi nadie lloró.
  9. Consecuencia de las muy bien estudiadas políticas educativas nacionalistas, se hicieron mil y una tropelías con el fin de adaptar los contenidos de las asignaturas en «satisfactoriamente aptos» desde el punto de vista nacionalista. Hasta en asignaturas tan aparentemente neutras como Tecnología llegó el cáncer. Y casi todos se sintieron satisfechos, pensando que era un adelanto: «¡Y a mi hijo qué le importan los afluentes del Ebro, con lo bonito y reluciente que es el Guadiamar de mi pueblo!» ¡Oh!
  10. El idioma común es uno de los pocos tesoros culturales de los que quizá podemos sentirnos orgullosos. Es bien sabido que anda maltrecho de un tiempo a esta parte por muy diversos motivos, siendo uno de ellos la desidia generalizada que lo ha dejado en manos de la bien pertrechada infantería periodística, dispuesta a destrozarlo casi por completo. Pero, además, fue colocado en las aulas en una posición claramente secundaria respecto a otras lenguas, de modo que dejó de ser la lengua vehicular para millones de niños. Lo primero no importó a nadie; lo segundo alegró enormemente a muchos y provocó tímidas y dispersas protestas en unos cuantos.
  11. Con la arribada masiva y en tropel, como suele suceder casi todo en esta tierra, de millones de inmigrantes, nadie pensó que, aparte de a trabajar, venían a vivir. Miles y miles de niños y adolescentes con competencias educativas dispares, desde analfabetos hasta desconocedores absolutos del idioma de acogida, se incorporaron a las aulas siguiendo el principio bien marcado en la ley: «Cada uno se instale en el curso acorde a su edad», no a su nivel educativo. Como no podía ser menos, el nivel medio bajó, y más de lo que se piensa. Pero casi nadie prestó atención.
  12. Una hora de semana lectiva, planteada por una ley nonata, en una asignatura frustrada, Sociedad, Cultura y Religión, fue en su día causa de la movilización de cientos de miles de personas. Al mismo tiempo, y de modo recurrente, una hora lectiva semanal en la asignatura de Religión (que no Catecismo) se convierte igualmente de forma periódica en cuestión de vida o muerte escolar para una multitud de personas. Los que no ven nada grave ni preocupante en el párrafo 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11 ni en otros que seguro pueden añadirse, sí lo ven, sin embargo, en esa dichosa hora lectiva a la semana de una asignatura que se desconoce, pero cuya palabra se odia.
Y nunca salió nada bueno del odio.


jueves, 15 de enero de 2009

Oriente

I
Son pequeños y de pelo negro, delgados y sin aristas. Desde fuera, da la impresión de que viven para trabajar, en lo que se parecen a algunos autóctonos. Pero sus horarios son bestiales, diez, doce, catorce horas ininterrumpidas. Además, no tienen aparentes distracciones (en realidad, sí las tienen, pero son secretas y también pequeñas).

No sabemos qué piensan, pero nos atienden sin rechistar. ¿Que tenemos un apretón de cerveza y nos hemos quedado sin ella? Nos bajamos al Ch. de la esquina; ¿Que se acabó el colacao y sentimos una necesidad imperiosa de zamparnos esa madalena? Pues al Ch.; ¿Que no tenemos pan un domingo por la tarde? Lo mismo. Ellos están allí, siempre, en condiciones ambientales con frecuencia penosas, pegados a su microTV, o a su portátil, visitando quién sabe qué blogs. Están allí para atender nuestras muy respetables incontinencias; son una especie de franquicia 7Eleven que se ha extendido como el nitrógeno y tiende a ocupar cada vez más nichos mercantiles.
II
He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhausser. He visto niños de menos de diez años atendiendo en una tienda Ch., un martes, un domingo, a la una, a las nueve... He visto niños de menos de once años transportando mercancía en una bicicleta, de unos almacenes a una tienda Ch. He visto bebés de menos de un año viviendo sus primeros meses de vida en una tienda Ch... He visto jóvenes soñadores que marchan a Zimbabwe a combatir las injusticias del mundo.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Y, sin embargo...


A principios del siglo XVII, Galileo Galilei se encuentra envuelto en un largo y engorroso proceso del que solo consigue librarse declarando en contra de las leyes de la naturaleza. Sin embargo, Ío y Ganímedes se movían, y lo siguen haciendo, alrededor de Júpiter; la Luna, alrededor de la Tierra, y esta, junto con otros muchos, alrededor del Sol. A la gravitación universal no parecen importarle las cuitas de los habitantes de aquí abajo.

A comienzos del siglo XXI, los cuatro poderes (los tres consabidos más el mediático) tratan de convencer a la sociedad de que la clave de la solución al terrorismo etarra pasa ineludiblemente por una declaración de su brazo político en contra de los atentados. Sin embargo, los niños vascos siguen aprendiendo las directrices nacionalistas en sus ikastolas; los jóvenes vascos siguen percibiendo cuantiosas ayudas y subvenciones para mil y una actividades «culturales»; las instancias educativas siguen actuando en dirección centrífuga y muy bien planificada; la «normalización» lingüística prosigue con su tendencia arrolladora, y, por un proceso imparable que recuerda por su constancia e imbatibilidad a la ley gravitatoria, van cediéndose una tras otra las pocas atribuciones que aún conserva el Estado.

De nada le sirvió a don Bernardo (en la foto mostrando su incredulidad al espabilado astrónomo) obligar al Sr. Galilei a declarar en contra de las leyes planetarias. Como de nada sirve tratar de forzar unas declaraciones que resultarían por completo inertes, inútiles, ineficaces. Las leyes impepinables de la fragmentación del Estado español llevan en marcha muchos años ya y nada puede detenerlas, como tampoco puede detenerse el movimiento de la Tierra alrededor del Sol.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Precipicio

Al pasar por la calle José del Río, en Carabanchel (Madrid) constato con estupor cómo varios obreros trabajan en lo alto de un edificio en obras, fijando unos elementos en el techado. Dos datos: el techado está a una altura de unos veinte metros y tiene una inclinación de más de 45 grados. Hay tres, todos sin arnés. Cuando hago la foto solo veo uno, como se puede apreciar si se aumenta.

Inmediatamente me acerco a la obra y le digo al encargado que no deben trabajar así los obreros, que hay que ponerse arnés. Me mira sorprendido con cara burlona y me dice: «¡Anda, chaval, no me toques los cojones y vete a tu oficinita.» Cabizbajo y compungido, me dirigo a la comisaría de policía municipal de Carabanchel, denuncio el caso pero apenas me escuchan. Están hablando de un tal Bernardo, un tipo rubio alemán que sale en todos los periódicos. Un becario me dice que tengo derecho a presentar una denuncia, para lo que debo rellenar no sé qué papeles y... me largo. Me dirijo sin más dilación al Congreso, pillo a Soraya de casualidad y le cuento el caso: «¡Ciudadano, está usted en lo cierto, convengamos en que ZP es un sinvergüenza!» Bueno, yo no quería decir exactamente eso... me acerco a la viceministra Fernández, le repito la historia: «La presidenta Aguirre es la causante de todas esas muertes, no me cabe la menor duda.» ¡Pero si esto es del municipio!, pienso yo... Me acerco a Durán, que parece razonable: «¡Esto en Catalunya no pasa, ¿eh? Sois un poco tercermundistes, ¿eh?»

Me vuelvo al barrio. Me cruzo con Antonio, un medio alcohólico que fue albañil en su juventud. «Mira chaval, siempre hemos trabajado sin arnés y no hay que armar tanto revuelo. Eso son los periodistas, que a veces tienen que sacar noticias.» Yo ni siquiera me he planteado acudir al cuarto poder, perdida por completo la poca confianza que tenía en él. Aunque quizá en el ABC... No, acepto la invitación de Antonio y me tomo dos Sol y sombra de rechupete. Hoy voy a trabajar de lo lindo.