jueves, 28 de diciembre de 2017

Movilizaciones y ficciones



Se está hablando tanto en las últimas semanas del «asunto catalán» que acaban por echarse en falta las preguntas. Demasiadas afirmaciones rotundas, sentencias firmes y opiniones en un sentido u otro; muy pocas dudas.

Entre los muchos enfoques y perspectivas posibles del asunto, es reveladora la perspectiva de las movilizaciones.

El nacionalismo catalán lleva movilizado docenas y docenas de años. Se podría decir que su naturaleza consiste precisamente en estar permanentemente movilizado, con las banderas, los eslóganes y los panfletos siempre a punto para salir a la calle. En otras palabras, llevan ejerciendo el proselitismo activo desde su mismo nacimiento.

Comparado con este nacionalismo, lo que ha venido en llamarse «nacionalismo español» ha sido hasta hace unas semanas una auténtica birria de nacionalismo. Sin apenas voluntarios, las banderas parecían sepultadas u olvidadas, y solo se aireaban fugazmente tras algunos eventos deportivos; eslóganes había pocos, salvo algunas canciones de Manolo Escobar y vulgaridades por el estilo; panfletos había aún menos. Y la movilización, lo que se dice movilización, era inexistente en la práctica.

[Una de las grandes confusiones del período post-dictatorial en este país consiste en relacionar el «nacionalismo español» con los defensores del régimen dictatorial; una confusión que ha sido alimentada por un sector político y una píldora que se ha tragado buena parte de la sociedad. Me parece tan ridículo que no puedo menos que meter esta idea disparatada entre corchetes.]

Si queréis una visión de la comparativa entre ambos «espíritus nacionalistas», imaginad a un cincuentón tirando a derrotado, escurrido, con la camisa por fuera, mal afeitado y algo ojeroso que pasa en casa la mayor parte del tiempo. Frente a él, un muñeco de Michelín que pasa el día entero en la calle. El primero se meterá pronto a casa y tratará de descansar para lo que le espera al día siguiente; el segundo, en caso de que pierda algo de aire, será convenientemente inflado para presentarse como nuevo al día siguiente.

Pues bien, por acontecimientos que no sabría describir cabalmente, sucede, casi de la noche a la mañana, que este nacionalismo birrioso y perdedor, saca un poco (solo un poco) de pecho y tiene el atrevimiento de movilizarse, más bien tímidamente. Esta es una de las cosas que, a mi entender, han sucedido en los últimos meses.

¿Cuál ha sido la reacción por parte de buena parte de la población? No ha sido ni el interés, ni la curiosidad, ni en absoluto la admiración, sino más bien el rechazo, el cabreo o, cuando menos, el estupor. Pero un estupor con un aire de profunda desconfianza, como diciendo: «¿Y estos qué cojones quieren ahora?»

La primera tanda de preguntas es:

Entonces, ¿concedemos todos los derechos de movilización a un sector de la sociedad y se los negamos a otro sector? Si es así, ¿en base a qué criterio?

Y otra más, relacionada con la primera: ¿Por qué tantas personas de este país se han dejado «seducir» por banderas foráneas al tiempo que se han mantenido firmes como clavos en su virulento rechazo a la única que, mal que bien, representaba o podía representarles a ellos mismos?

[Un número creciente de personas viene afirmando que la única bandera que puede sensatamente representar a los españoles es la bandera tricolor, lo cual es un juicio enormemente sectario pues supone conceder una importancia exagerada a la efímera experiencia republicana; pero además es muy injusto y dudoso pretender que la mayoría de los habitantes del territorio prefieren dicho régimen, y se me antoja deshonesta la táctica bien conocida —muy utilizada precisamente por el nacionalismo— de construir las «mayorías populares imaginarias» que más convienen en cada ocasión.

Abierta debe quedar, por supuesto, la posibilidad de cambiar de modelo estatal y de bandera, pero sin atribuir a priori intenciones a nadie, y dialogadamente, por favor. Cierre del corchete.]

*   *   *

A propósito del interesante asunto de las movilizaciones surge el otro tema del título. Porque, claro, estoy totalmente de acuerdo en que el aire que insufla al muñeco Michelín nacionalista es pura ficción, una buena ensalada de fantasías bien adornadas y bien aderezadas, que no existen más que en la imaginación de las personas que escoltan dicho muñeco.

Y, claro, no podía ser menos: el espíritu «nacionalista español», sea flaco o fuerte, desaliñado o en forma, es otro buen revoltijo de fantasías, quizá no tan bien adornadas ni aderezadas, pues muchos comensales se empeñan en estropear el plato, pero una ensalada imaginaria igualmente, que no existe más que en la cabeza de otras tantas personas.

Porque todas las ideologías nacionalistas son poco más que estructuras imaginarias sin base real, que funcionan en definitiva como religiones que los súbditos acatan, casi sin excepciones, de manera sumisa y diligente.

A pesar de su carácter ficticio, los espíritus nacionalistas funcionan a pleno gas en casi todos los países del globo. Cuando en algún país surge alguna discrepancia seria, el resultado es, sin excepción, la fragmentación en varios territorios que se aferran con mayor fuerza aún a los recién estrenados emblemas nacionales homologados. Todos tenemos en mente la fragmentación yugoslava.

No entro a discutir si tal o cual nación es mejor o peor que otra, si tal o cual país ha hecho cosas mejores o peores para la posteridad. Pero sí resulta interesante, porque invita a la reflexión, plantear por qué algunas ficciones nacionalistas resultan tan fuertes frente a otras; por qué el nacionalismo francés, por poner un ejemplo, parece un monolito sin fisuras si lo comparamos, por ejemplo, con el español.

Así pues, parece que debe haber algo en la historia de nuestro país que hace que no funcionen bien ni sus símbolos nacionales ni la ideología que acompaña a dichos símbolos. ¿Por qué España es, de nuevo, una anomalía en Europa? ¿Por qué existe ese enorme complejo frente a nuestra historia, frente a los símbolos del Estado, frente a todo lo que pueda catalogarse como “español”? Este rechazo llega al punto de que en muchos ambientes resulta incómoda, en cualquier conversación, la sola presencia de la palabra «España» o «español/a», que suele tomarse a burla, para así dar escape a la tensión generada en la frase.

Hace poco, un dirigente del PSOE reconoció que algunas izquierdas en este país tienen que «tragar saliva» cada vez que mencionan la palabra España. ¡Ya era hora, coño! Y ya de paso, estaría bien que el PSOE explicara su posición al respecto, que ha sido muy dudosa desde el comienzo de la Transición. Aquí surge una nueva pregunta: ¿Por qué ese partido ha jugado esa baza hasta hace unas pocas semanas?

Volviendo al complejo, que casi nadie reconoce, me vienen a la mente varias cosas. La leyenda negra es una de ellas. Atribuirle una importancia desmedida en 2017 quizá es exagerado, pero me parece un atrevimiento negar que hoy en día sigue estando presente de muy diversas maneras, sutiles y menos sutiles.

Y también me viene a la mente la historiografía franquista de “pasado glorioso, laureles y gloria eterna” que tan ridícula resulta hoy en día, pero que provocó un «efecto rebote» que aún nos está golpeando de lleno. Ahora bien, ese rebote tampoco nos debe impedir por completo la visión de la historia, con sus luces y sombras, como todas. Es lamentable el poco interés social que despierta nuestra historia, pero más penoso aún es contemplar cómo esas enormes deficiencias se han tratado de suplir únicamente a base de panfletos, imágenes distorsionadas, exageraciones y bulos, tanto más populares cuanto más oscuritos y perversos.

Cabe preguntarse si somos un adalid del nuevo modelo de estado o nación que se avecina en un futuro más o menos próximo, un modelo «superior» y diferenciado de todo lo que se ha conocido hasta ahora. O si no seremos, una vez más, una anomalía en el tejido europeo, habitado por unos paisanos especialistas en buscarse problemas cuando podrían estar mejor que en ningún otro momento de su ya larga historia.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Extracción de recursos

Sistemas de extracción de recursos. Una prueba más de lo afines que son las distintas especies de mamíferos.


A. Extracción de leche de vaca en una macroinstalación ganadera propiedad de una corporación alimentaria multinacional. Posteriormente, la leche se somete a ciertos tratamientos higiénicos, se empaqueta, se distribuye en todas direcciones y se vende en grandes cantidades.

B. Extracción de información personal de todo tipo que queda automáticamente almacenada en grandes servidores propiedad de unas pocas corporaciones tecnológicas multinacionales. Posteriormente, dicha información se somete a ciertos tratamientos para hacerla más asimilable, se empaqueta y se vende a otras corporaciones, o bien es empleada por las mismas empresas extractoras, con el fin de vender objetos y servicios a los usuarios de la fotografía.

Por supuesto, la interpretación B es muy parcial; las actuales TIC sirven para mucho más que para vender zapatos o fines de semana románticos. Solo es una perspectiva que puede aportar un poco de luz en la dirección que apuntan algunos ensayistas como Jaron Lanier.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Viajando

¡Cuándo vais a dejar de moveros de un lado para otro como posesos! ¡Cuándo demonios vais a dejar de quemar carbono aunque sea por un ratito!


domingo, 1 de octubre de 2017

Sangre

Bajo el pulso de esta pelea de gallos (“¡Yo hago esto porque me sale de los huevos!”; “Pues no lo haces, ¡porque no me sale de los cojones!”; etc.), de escaso interés pero enorme audiencia, subyace un racimo de emociones y sentimientos enconados (“Yo soy mucho mejor que tú, ¡dónde va a parar!”; “¡Anda, cretino ignorante, no sirves para nada, ¡vete a tomar por culo!”, etc.), que crecen y crecen como la espuma. El pulso es irrelevante —ganará uno, ganará el otro, ganarán o perderán los dos, da igual—, pero los prejuicios dañinos, las valoraciones perversas, los odios desatados solo conducen a una cosa: más violencia y más odio, nacidos en gran parte de la “ignorancia recíproca”. Las heridas físicas son normalmente fáciles de curar, normalmente basta con aplicar la cura adecuada y esperar; los desprecios de sangre, al estilo del que sienten los Heredia hacia los Montoya, solo tienen un arreglo: la generosidad mutua. Pero parece que andamos todos muy tacaños de generosidad.

jueves, 9 de marzo de 2017

Borges y la biblioteca de Babel

En su ensayo La Biblioteca de Babel (Ficciones, 1941), Borges idea una biblioteca formada por un número enorme de hexágonos. En cada hexágono, cuatro de los lados están dedicados a albergar libros. En cada lado hay cinco anaqueles que albergan un número no inconmensurable de volúmenes, todos idénticos en forma y tamaño. Cada volumen consta de 410 páginas y en cada página hay 40 renglones. Es decir, cada libro tiene un total de 1640 renglones.

Todos los libros se nutren exclusivamente de las 22 letras naturales, el punto, la coma y el espacio. Estos caracteres podrían ser, por poner un ejemplo, los siguientes (entre otras muchas posibilidades):
a b c d e f g h i j k l m n ñ o p r s t u y . ,

más el espacio vacío.

Cada renglón está compuesto por una combinación cualquiera de estos 25 caracteres alfabéticos. Puesto que cada renglón consta de 80 caracteres, las posibles combinaciones de los 25 caracteres alfabéticos agrupados de 80 en 80 son enormes, pero no infinitas. Las reglas de la combinatoria son claras:

Es decir, en cada renglón hay algo menos de setecientos mil millones de posibles combinaciones. Barruntemos algunas de ellas:

gocémonos, amado, y vámonos a ver en la espesura, al monte y al collado, do mana

Se nos cortó el verso de San Juan de la Cruz. Probemos otro:

gocémonos, amada, y vámonos a ver en la espesura, al monte y al collado, do mana

En esta variante el objeto amoroso es femenino, un bonito detalle. Otra variante:

gocétoros, amado, y escolio termi en la espesura, lo monte e lu colmado, to rana

O bien,

imimemimioamimemiiioaiineminioiiimemiaioaaimemimioamimemimioaai.e.i.ioa.i.emimii

En total, setecientos mil millones de combinaciones. Podéis probar con las que más os gusten.
Un poco más de matemáticas: puesto que en cada libro hay 1640 renglones, el número de combinaciones posibles, es decir, el número de libros que componen la biblioteca borgiana de Babel es, ni más ni menos…


Este número es tan descomunal que es difícil que encontréis una calculadora con un resultado distinto de infinito. Pero no es infinito, ni mucho menos. Aquí se intuye la genialidad del autor: no se trata de algo imposible. La construcción de la biblioteca sería laboriosa, muy laboriosa, pero en absoluto imposible.

Lo sorprendente de todo esto es que la susodicha biblioteca no solo alberga todos los libros, cartas, diarios, ensayos, poemas, etc., que hayan sido escritos en castellano o español, sino en cualquier otro idioma europeo, americano, asiático, africano o de donde imaginéis. Cualquier combinación de caracteres que se os ocurra, en el idioma que sea, real o inventado (ya sea por Tolkien o por cualquier otra persona) están contempladas en alguno de los volúmenes de la biblioteca de Borges. Jajajaja… esto es sencillamente desternillante –un poco enloquecedor– y al mismo tiempo muy estimulante.

(Nota para los muy puntillosos: si pensáis en un idioma cuya fonética es mucho más rica, pongamos por caso, que el castellano, no debéis recelar demasiado: bastaría con insertar unas cuantas páginas al principio de cada libro, una codificación, donde se especificaran esas posibilidades fonéticas no contempladas. Hay tantas posibilidades con esos 25 caracteres que en absoluto son necesarios más; pensad que en informática todo funciona a base de ceros y unos.)

Borges indaga en el concepto de infinito, aplicado tanto al espacio como al tiempo: imaginad todas las obras perdidas de Herodoto, de Euclides o de Epicuro, perdidas durante tantos siglos. Todas ellas están en alguno de los volúmenes de la biblioteca. Para obras de gran tamaño, como las de Herodoto, quizá necesitemos unos cuantos volúmenes; pero todo está ahí, en orden y punto por punto. Imaginad a continuación todas las obras que están por venir, todas esas maravillosas novelas, ensayos, cartas apasionadas, artículos de prensa, libros de divulgación y de autoayuda, efímeros o eternos... Todo, simplemente todo, está incluido en la biblioteca.

Las posibilidades son casi infinitas. Pensad ahora en todas las posibles ediciones facsímiles de cualquiera obra, presente, pasada o futura, imaginaria o real. En esa copia de tu relato favorito en que la letra b de la tercera aparición de la palabra cascarrabias se transformó por un error de imprenta, o de otro tipo, en una p, una t o una h. O en esa versión cutre, barata, que se vendía en kioscos de barrio pobre, donde desaparecían párrafos enteros, o capítulos enteros. Todas las versiones posibles, imaginadas y por imaginar, están en la biblioteca. ¿No es desternillante?

Esta es una manera a un tiempo sencilla y compleja de hacer transitar la literatura por el campo de la matemática y hasta de la metafísica. (Inciso: me encantaría un vis a vis entre Sheldon Cooper y Jorge Luis Borges. Creo que el primero se sentiría fascinado por el ensayo del segundo y seguro que algo aprenderían mutuamente.)

Pero además, Borges plantea el asunto de la “semiótica”. No contento con las inalcanzables posibilidades que nos plantea la simple combinatoria, da una vuelta de tuerca y plantea lo arbitrario que es asignar un determinado sentido a cierta palabra. ¿Por qué «vaca» debe significar un mamífero cuadrúpedo, y no «ordenador», «escozor» o «cualquiera»? Acto seguido, nos cuenta que «algunos bibliotecarios sostienen que los libros nada significan en sí». Esto es supremo, magnífico: Borges, con un par de agallas, rebate el edificio completo de la literatura (y, más allá, de todo lo escrito) y plantea su sentido relativo. ¿Por qué ha de tener más sentido un soneto de Garcilaso que la sucesión repetida, pongamos por caso, de los tres caracteres r, i y p?

No deja de ser un convencionalismo asignar valor al soneto y menospreciar el discurso ripripripriprip… ¿Y si este último fuera la clave para entender el universo? ¿Y si fuera el mantra eterno? Aún si no fuera este último el caso, ¿por qué no asignarle ese valor? Jajajajaj…

Es absolutamente imperdible la imagen de las personas que, conscientes de que en algún lugar de la biblioteca hay un libro defendiendo (vindicando) su valía, se entregan a la quimérica tarea de encontrarlo. Otra imagen: la de aquellos humanos que juegan a dioses tratando de componer, siguiendo las leyes del azar, el libro canónico, algo tan improbable como lo anterior.

Aventuro que en Argentina o en otros sitios ya se deben haber establecido paralelismos entre Internet y la biblioteca de Babel ideada por Borges. Pero su libro fue escrito en 1941 (¿les suena la fecha?). Borges conoce «distritos» donde los jóvenes se arrodillan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Siento escalofríos al pensar en esta imagen, porque cabe la posibilidad de que sea, bien entrado el siglo XXI, más actual que en 1941.

Desde la casi total ignorancia de su obra, me atrevo a decir que los grandes escritores, los enormes como Borges, son capaces de aprehender detalles o aspectos del universo entero con cuatro pinceladas, o con un simple ensayo.

Me encantaría conocer las opiniones que se hayan escrito sobre este relato. Podéis imaginar que en algún lugar de la biblioteca están todas ellas. Sería divertido hacer una excursión a la biblioteca con esas personas, bien pertrechados para tratar de localizar el volumen o volúmenes donde se encuentran todos ellos ordenados por fecha, desde 1941 hasta el presente. Eso sí, no deberíamos olvidar lo más importante: una buena dosis de paciencia, ropa casual y calzado cómodo.

viernes, 1 de enero de 2016

Banco Santander-Central Hispano(americano)

Por más que Parménides insista en que la realidad es estática, esféricamente perfecta e inmutable, no puedo dejar de pensar en lo contrario: la realidad se nos presenta dinámica, multifacética, imperfecta e inevitablemente mutable. Continuamente mutable, mutante, mutándose de unas formas en otras.

La realidad no es una, es una multiplicidad de realidades. O, mejor dicho, la realidad se transforma como una enorme lombriz inacabada e inacabable, en una transformación perpetua, con mil y un vericuetos, con cientos de laberintos, enrollada sobre sí misma con quién sabe qué propósitos o finalidades.

"Juanita es muy XXX", o "A Pepito le gustan mucho las YYY", son frases que estamos hartos de escuchar. Son absurdas de principio a fin. Porque Juanita no es la misma ayer de lo que será mañana, y lo mismo le pasa a Pepito. Esas afirmaciones son, más bien, modos o herramientas, burdas, para tratar de aprehender la realidad sobre Juanita y Pepito. Pero ni Juanita ni Pepito son aprehensibles en un par de brochazos, ni mucho menos. Como cualquier otro ser (animado o no), se trata de entes permanentemente cambiantes que no pueden definirse en una frase estática, como la imagen impresa de estas letras en una hoja o una pantalla.

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En otro orden de cosas, y siguiendo un razonamiento al estilo de Parménides de Elea, concluyo, hoy, a 1 de enero de 2016, el año de mi cincuentenario, que el futuro de la cultura española es, indubitablemente, la incomunicación entre los seres humanos, al menos entre los que pueblan este pedazo del planeta Tierra: si hace treinta años ya había sociólogos que advertían de la alienación que podía acarrear el excesivo consumo de televisión, hoy el asunto se ha desbocado en tal manera con tal cantidad de medios electromagnéticos de todo calibre, que no cabe duda de que la comunicación ha sido, definitiva y sistemáticamente, eliminada.

¿La razón? En cientos de miles de hogares, recién sonadas las campanadas, recién estrenado el nuevo año, con las bocas anhelando besos, con los brazos anhelando abrazos, con los cuerpos anhelando cuerpos tibios, abiertos al beso y al abrazo, ¿qué tenemos, qué observamos? Observamos androides atentos a los ires y venires de las aplicaciones de teléfonos móviles que, paradojicamente, se anuncian como aplicaciones de comunicación. Pero que, a las claras, no son más que herramientas, contundente y radicalmente, de incomunicación.

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Y en un orden de cosas aún más preocupante, pienso que hay motivos más que suficientes para pensar que el futuro inminente de este pedazo de planeta está, no al borde del precipicio, pero sí a punto de llegar a un cruce de caminos en su historia. Momentos catárticos que, por ahora, nadie sabe descifrar con seguridad, pero que a buen seguro van a suponer una tremenda sacudida para las y los habitantes del país. Y a la primera sacudida quizá le suceda una segunda, e incluso una tercera. Dicen los optimistas, en base al famoso juicio de Bismark, que ha habido momentos tan críticos, e incluso más, y que se ha salido adelante. Pero no puedo dejar de pensar que este es diferente. En un par de años lo veremos.

martes, 8 de diciembre de 2015

España-Francia, ¿borgoña o cocido?

Hace casi quince años, un 11 de marzo, murieron en Madrid cerca de doscientas personas en varios ataques terroristas perpetrados por grupos islamistas radicales. Hace poco menos de un mes murieron unas ciento treinta personas en París en otra serie de ataques terroristas, también perpetrados por grupos islamistas radicales.

Aquel mes de marzo de 2004, España se alteró enormemente durante los tres días que quedaban para las elecciones generales. Un revoloteo tremendo se armó por cuenta de los ataques sufridos. Hubo una enorme confusión y cada partido tiro de su lado con fuerza, más atento a tratar de sacar rédito o a no salir perjudicado, que al propio asunto, que en realidad pasó a ocupar un segundo plano. Hubo ventiscas de opiniones y voluntades que recorrieron toda la península, de arriba abajo y de un lado a otro; y cambió el gobierno. En el plano internacional, no sucedió nada. No hubo grandilocuencia, ni grandes frases sobre la Civilización y los bárbaros ni nada parecido. España tampoco tomó ninguna medida, salvo retirar unas pocas tropas de cierto país en conflicto al cabo de unos meses.

Por su parte, Francia ha quedado hondamente perturbada por los ataques sufridos en su capital. París encarna el meollo, el puro corazón, la almendra central del mundo y la cultura francesa. El actual presidente de la república, «socialista», hizo desde el primer día una serie de contundentes y muy sentidas declaraciones, seguidas por no menos sentidas declaraciones de una montonera de dignatarios de muy diversos países. Se ha hablado de ataque a los valores alrededor de los cuales se ha construido Francia, se ha hablado de intento de derrocar la cultura y la forma de vida francesas, se ha hablado de ataque a Occidente por parte de los bárbaros, de muchas y muchas cosas, todas muy elevadas e importantes.

Hablando de importancia, Francia aspira, en pleno 2015 (se dice pronto) a continuar siendo una potencia mundial; no sé si lo consigue, pero al menos se acerca a ello. El país ha iniciado por cuenta propia una serie de ataques contra supuestos focos de terrorismo en Siria, y consigue el apoyo activo de un buen racimo de países en su lucha contra el islamismo radical. Apenas se escuchan, ni siquiera en España, críticas o reprobaciones de ningún tipo; por no haber, casi no hay ni comentarios al respecto. No hace falta ser muy vivo para darse cuenta de que algo así sería por completo inconcebible en España.

Por nuestra parte, España ocupa un papel muy de segunda o tercera fila en el panorama internacional. Para empezar, el ejército es muy escaso y pobre en recursos. A pesar de las continuas críticas de los partidos denominados «de izquierdas», está medio desmantelado, casi abandonado; incluso las intenciones de varios partidos son desmantelarlo aún más, hacerlo desaparecer. La «sociedad española» (con todas las reservas de este término obsoleto) lleva muchos años instalada en una posición profundamente antimilitarista; todo atisbo de actuación militar es objeto de críticas, burlas y cachondeo al más puro estilo hispánic.

Por otro lado, el sentimiento de nacionalismo español es incomparablemente más pobre que el de nacionalismo francés. Son muy pocas las personas que en España se sienten orgullosas y felices de ser españolas, y menos aún las que se atreven a demostrarlo fuera de los estadios de fútbol. Cada vez parece más claro que este país carece de la mínima cohesión social y cultural necesaria para garantizar un futuro unitario. Esto se aprecia estupendamente en campaña electoral; basta escuchar a los/as candidatos/as de cualquier provincia o región para entender esta peculiaridad del estado español, que lleva camino de convertirse así en una pluralidad de estados a medio o incluso a corto plazo.

Todo esto y muchas más cosas aburridas creo que conviene tener en cuenta para entender el maremágnum español. Una cosa es cierta: parece que vamos a seguir dando la nota en Europa y en América (los únicos lugares del mundo donde nos conocen un poco) por un tiempo, como llevamos haciendo desde el siglo XVI.

De todos modos, qué duda cabe que, obligatoriamente, me siento y me sentiré siempre (pienso yo) más afín a un cocido que a un buen vino de Borgoña, aunque me lo sirvan en un château. Soy de aquí, para bien y para mal. Eso sí, el cocido, mejor vegano, por favor.

Postdata antropológica: este país tiene una de las tasas de natalidad más bajas del planeta; si discriminamos por origen y nos quedamos con los datos de la población autóctona, la tasa es aún menor, muy por debajo del mínimo necesario para garantizar la reposición natural de la población. Este suicidio colectivo voluntario no significa que el país vaya a despoblarse, pues sobran cientos de millones de personas de otras procedencias que seguiran encantados de habitarlo; y a escala planetaria no es más que un dato estadístico apenas insignificante. Pero es interesante y pasmoso reflexionar sobre ello. A propósito de este asunto, un alto cargo eclesiástico acaba de hacer unas declaraciones en que afirma, en otras palabras, que «si llueve, el suelo está mojado». Le va a caer un chaparrón tremendo, porque apenas se permiten ya tales atrevimientos.